Hitchcok

Alfred Hitchcok. Fotogramas en tela.

Alfred Hitchcock estaba enamorado la experiencia, no del destino. Quizá pensaba que la sapiencia se encontraba en el camino. La importancia no es la consecuencia, sino de cómo se explica la misma.

Basaba su cine en instantes. Fotogramas mentales que todos guardamos. Todo va más allá de las imágenes. El graznido de esos pájaros; esas cuerdas desafinadas que se desangran por el sumidero de una ducha. No era la muerte, consecuencia de sus películas, era el camino que conduce a ella. Las circunstancias, el azar como Dios absoluto.

Las formas para Hitchcock no son el traje, son la persona. No son el adorno, son el contenido; el núcleo de cada una de sus obras de arte.

Nunca un silencio habló tanto. Nunca el blanco y negro tuvo tanto color. Nunca tan pocas palabras fueron tan suficientes.

No es sencilla tarea conseguir la sencillez, pero sus películas destilan tal paciencia que contagian, que inmovilizan. Congelan al espectador, lo suspenden. Un estado que las hace inmortales sus obras, comprensibles. Perennes y al mismo tiempo irrepetibles.

Concebía el cine como un espectáculo, y no hay espectáculo sin latidos. Sus películas convierten el corazón en un tambor con arritmias. Sume al espectador en una tranquilidad nerviosa que se ha de llevar en silencio, por respeto a la obra.

En una época en la que la crítica quería hacer del cine literatura, él supo crear un género más allá de los libros. Su lenguaje silencioso, su movimiento desde la contemplación, dotaba a sus películas de un ritmo lentamente precipitado, pausadamente rápido. La verdadera crítica, el espectador, no supo darle la espalda. No tenía argumentos para ello. El suspense había aprobado, y con nota.

La imagen, su musa, es motivo de homenaje. “Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación”, decía Hitchcock. La historia le había dado la razón, y se la sigue dando. Nadie ha inventado nada nuevo únicamente desde la lógica, ni científico, ni artista, ni inventor. Es el riesgo, el arma que pone en marcha la imaginación, quien enjaeza el rumbo hasta la casualidad, donde todo se descubre.

Alberto Ramírez ha seleccionado fotogramas de películas de Alfred Hitchcock que conmueven por su fuerza dramática; por la intensidad o el ritmo de sus personajes.

Ha pausado esos momentos en tela con la intención de trasladar a un lienzo el sentimiento que Hitchcock provocaba en el espectador en ese justo instante.

Son estados de ánimo, situaciones, congeladas en un cuadro, encerradas para siempre. La recreación del instante, su infinito, a través de la pintura. El color, los trazos, las formas, la composición, la iluminación, los vacíos… Todo al servicio de una historia bidimensional.

Un grito como el latigazo de un pincel, un golpe que se transmite a golpe de trazo, un silencio que acompasa el lienzo al brazo.

Cada obra toma el nombre tanto de la película como del estado de emoción que provoca en el espectador. Son cortos inanimados.

Son negativos cinematográficos; un viaje continúo de ida vuelta. De la realidad a la ficción, de la figuración a la atracción, de la creación a la destrucción, del hecho al deseo.

Es el lenguaje audiovisual y sus herramientas: iluminación, encuadre, contrapicados, puesta en escena, movimiento de cámara, montaje… Todo al servicio de una historia. 

Es la pintura como madre del celuloide. En su seno están los códigos del cine, porque antes fue la pintura, y mucho antes la escritura. Entre ambas, parieron el séptimo arte, no sin dolor.

Alberto Ramíreaz hace uso de elementos técnicos pictóricos para expresar una emoción. La forma y el estilo no son un soporte para el contenido, son el pegamento que crea un todo.

Hay una parte azarosa, casual, muy importante en el arte. Hay otra en la que interviene el autor, donde la razón toma el mando. La linea que separa ambas es muy fina. Es fácil balancearse hacia uno de estos dos lados. Cuando se logra el equilibrio entre lo racional y lo ilógico la pintura fluye, se comunica con el autor. Es capaz de decirle el momento en el que la obra se ha terminado, el momento en el que no necesita nada más. Es un diálogo sin un patrón. Si se busca, se pierde la esencia. Es contar más con menos. Insinuar en lugar de mostrar. Ese es el sentido de la creación, algo que no nos pertenece. El artista sólo se aproxima a ella.

Y ella, a veces, es generosa y muestra el camino.